viernes, 8 de julio de 2011

Zaragoza amarilla












Yo te amaba en la ceguera de mis octubres
de pantalón corto,
todavía no alzado al recinto durísimo
de tus dientes,
casi desatendido por tus vientos y escarchas
cuando aquellos primeros cigarrillos quemados
-craven a; navicut-
torpemente a escondidas
en los descansos del cinema iris con culo de madera,
cuando en los silenciosos atardeceres misérrimos
penetraban los trenes
mugrientos con hollín y estraperlistas,
cuando la muchedumbre
se apretujaba arriba abajo de los porches con miedo
y la felicidad de los domingos
era magnificada
con frituras de calamar y rosarios de sombra.

entonces
un casi imperceptible hedor
de crisantemos agridulces y diques
descendía
por entre las barcazas del canal imperial
de aragón,
las reciénestrenadas viudas de guerra
contemplaban tristísimas el mear de sus perros
hambrientos
y un ala gigantesca fantasmal silenciosa
nos tapaba los ojos haciéndonos ¿felices?

yo había confiado
todas las puras posesiones de mi corazón,
todos los vasos de mi frágil cristal instantáneo,
todas
las pobres riquezas de mi universo apenas reprimible,
a la oquedad supuestamente maternal y cálida
de tus brazos,
a la vigilancia forzosamente sospechada dulce
de tu cielo vacío.

una tremenda oscuridad
cayó de pronto agrietando las murallas
y el coso se enramó de procesiones
como venas urgentes,
soterradas algarabías triunfalistas
con los ojos pintarrajeados de un violento violeta
escandalosamente funerario.

todo lejos.



Julio Antonio Gómez



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